"Cuando una mujer dice "odio a los hombres", se refieren al modo
"deja de herirme a mi y a mis hermanas",
no al modo "quiero violarte, asesinarte y oprimirte",
ya sabes, el modo en que los hombres odian a las mujeres"
"deja de herirme a mi y a mis hermanas",
no al modo "quiero violarte, asesinarte y oprimirte",
ya sabes, el modo en que los hombres odian a las mujeres"
“Nosotras no odiamos a
quienes nos odian, el odio solo engendra odio”
Leo en Facebook en un hilo en el que se debate acerca del
tuit aquí publicado: "Yo no diré que odio porque eso es lo que quieren
para llamarme feminazi" y me
sugiere varias cosas, principalmente dos: la ingenuidad de pensar que con
buenismos se logran eliminar los privilegios del opresor (como si quien oprime
renunciase a sus privilegios voluntariamente y solo a base de buenas maneras y
concienciación), y la idea bien inoculada por todas las clases sometedoras de
hacer creer a los sometidos que de algún modo necesitan de la aprobación de los
opresores. Personalmente me importa tres mierdas que cualquier machista me
llame feminazi, sé en qué lado está cada uno de nosotros y no me interesa
contentarles rebajando el tono de mi discurso ni la intensidad de mi furia.
Confundir
violencia con legítima defensa es un producto claro de esta sociedad de clases
antagónicas (sean por raza, estatus o género) para evitar disidencias
preocupantes. Ser mansos es un mandato de toda religión organizada al servicio
del mantenimiento de los privilegios de unos pocos.
Mantener activa la Coelhiana “ética” del “ama y piensa
positivo”, reforzado con el topicazo simplista de que "del odio solo
pueden salir malas consecuencias" es desmovilización disfrazada de pseudo filosofía, promovida por los poderosos, y supone no haber entendido el tuit (y la
lucha social) ni un ápice, porque lo que la frase tuiteada pone de relevancia es que el odio del
sometedor es violencia para someter, y el odio de las sometidas es toma de
conciencia y revulsivo contra la violencia recibida. Sostener que desear mal (odiando al opresor) es en algún modo equiparable a violentar a los oprimidos, es además una falacia: DESEAR MAL Y HACER MAL NO
VAN NECESARIAMENTE UNIDOS; además, odiar para someter es un acto CONTRA otro;
odiar para liberarse de un yugo es obrar A FAVOR de sí y las semejantes.
“No odio a los que me odian” supone, además de una lógica argumentativa sesgada por los factores ya mencionados, varias cosas más: ¿Qué salud
mental y emocional puede generarse en un ser humano que es reiteradamente
violentado y no reacciona con violencia legítima a esa violencia? Represión. El
imperativo de la mansedumbre, confundida con no violencia. Además, implica una
arrogancia extrema disfrazada de humildad: la arenga buenista de la que se
erige autocontrolada y en plena posesión de sí, escogiendo el bien sobre el mal
delata unas ínfulas de superioridad moral que atufan de lejos. ¿Quién se
autoriza a sí mismx a sermonear sobre escoger no odiar a quien está siendo
golpeada y violada? ¿Quién tendría la suprema soberbia de decirle a una mujer
que está siendo apaleada y abusada que no odie a su apaleador y abusador? Las mujeres somos apaleadas a
diario en todo lugar y tiempo, y se nos pide, incluso entre nuestras propias
filas, que reconsideremos nuestras emociones y estrategias: ¿Para qué, para
quién? ¿Para vivir reprimiendo emociones legítimas? ¿Para ahogar estrategias
necesarias? ¿Para satisfacer al tipo que mantiene su bota sobre nuestro cuello?
Hace rato que es hora de que las mujeres nos liberemos del
mandato de la “mujer virtuosa”, el ser-para-otros, que antepone el bienestar
ajeno (hasta el de propio verdugo) que el propio. Si el bienestar necesita en
cierta medida de rabia, odio, o defensa propia para construirse, bienvenidos
sean todos. Las que nos antecedieron lo sabían (pero parecen no saberlo las
actuales buenrollistas): con mansedumbre no se avanza. lo supieron las obreras
anarquistas, lo supieron las burguesas sufragistas, lo supieron Alejandra Kolontai,
Angela Davis, Susan B. Anthony y otras muchas. Y ellas supieron luchar con
noviolencia, pero siendo fieras y haciendo uso de la legítima defensa propia.
Nietzsche se equivocó cuando dijo: “No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que al igual o al
superior”. Hay odios legítimos y furibundos de los oprimidos a los
opresores; se les odia desde el desprecio, pero también desde la inferioridad
de estatus (que no moral). Se les odia porque así nace, se les odia porque así
lo merecen, se les odia porque es el único lenguaje que son capaces de
escuchar. Los demás lenguajes (la pedagogía, la sororidad, el diálogo) se
emplearán con los aliados y aliadas, con los co-constructores de una sociedad
distinta, más equitativa, y por ende, menos violenta, y cuando esta sociedad
empiece a emerger, la violencia irá cediendo, por innecesaria.




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