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jueves, 12 de mayo de 2016

Rosa Dictador

“-¿Tú nunca llevas tanguita?
  - No
  - ¿Por qué?
  - Porque no me gusta llevar todo el día un trozo de tela metido por el culo.
  [perplejidad]”


¿Ellos llevan tanga para seducirnos a nosotras? No. ¿Porqué? Porque no están socializados en ataviarse con multitud de instrumentos de tortura leídos como “sólo ropa” para estar “guapos” y “sexis”, están socializados en vestir ropa cómoda con la que jugar al fútbol, subir a los árboles, echar carreras, tirarse al suelo a jugar a las chapas. No llevan tanga, porque no están socializados en ataviarse con multitud de instrumentos de tortura leídos como “solo ropa” para atraer al macho, poniendo en este la validación propia (“si le gusto, me gusto”).

“No es opresión, solo es ropa que una mujer elije ponerse, nadie la obliga”
No existe libertad en una sociedad opresora sin un proceso previo de toma de conciencia acerca de la realidad de que no existe libertad en una sociedad opresora. Es de Perogrullo, pero aun falta entender que NADA vincula naturalmente el hecho de nacer con vagina con el hecho de aplaudir entusiasmada a los tres años ante un vestido de tules y satén rosa. Nada. Nada vincula directamente esta “preferencia “ que casi todas las niñas muestran, salvo una socialización patriarcal desde todos los frentes, no se “escoge” el rosa sin que te impongan el rosa como “opción” preferente y natural. Si fuese una elección libre cualquier niño elegiría el rosa o cualquier niña elegiría el negro, o viceversa, con total normalidad. Todos los niños y niñas repartirían sus preferencias y a Pepe le gustaría el verde, a Lola el naranja, a Manolo el morado y a María el rojo. Si vemos niños asqueados de rosa y niñas con rosa de los calcetines a los lazos del pelo, divididos por colores en virtud a los genitales con los que nacieron, es porque se les asignan los colores del mismo modo que se les asignan los roles (ser suave/ser bruto, ser guapa/ser listo, ser curioso/ser cotilla… así hasta el infinito) ¿qué más hace falta para que TODO EL MUNDO tome conciencia de esta realidad tan obvia que muestra con claridad meridiana que NO HAY LIBERTAD, QUE TODO ES SOCIALIZACIÓN DIFERENCIAL, y que quien no entra en el esquema hegemónico es castigado y sancionado socialmente, estigmatizado a pequeña o gran escala? 

No voy a entrar siquiera en la complejidad que supone aceptar que hay niñas con pene y niños con vulva, porque el género es una construcción cultural y por tanto asignada, me voy a quedar en la superficie más visible: hombres cis y mujeres cis reproduciendo roles de género, mandatos impuestos desde la cuna a la tumba. Y me voy a limitar solo a los mandatos estéticos, que son lo más visible por ser eso, estéticos. Y desde ahí, a todo lo demás. 

16 años. Se levanta por la mañana, se ducha, se coloca un poco el pelo, se pone unos bóxer, unos vaqueros, una camiseta, una sudadera y unas deportivas, algo de colonia y sale a la calle. Como mucho media hora y listo para el mundo, listo para correr, caminar, sentarse en un bordillo a fumarse un pitillo, para jugar al balón, para comerse el mundo. Para ser, hasta cierto punto, un ser para sí mismo.




16 años. Se levanta por la mañana, se ducha, se aplica mascarilla en el pelo, exfoliante en la cara. Se seca el pelo, se lo alisa, se hace un peinado (hoy trenzas, mañana coleta, un moño, a veces sencillo, a veces tan elaborado que tiene que venir una amiga a ayudar). Se pone un tanga que le aprieta el ojete durante todo el día, que se ve por fuera de los pantalones como reclamo para ellos (¿a quién coño le interesa llevar un pedazo de tela de ropa interior metido por el culo y visible fuera del resto de la ropa si no es como reclamo sexual?), un vaquero ajustado que aprieta, de talle bajo, que deja fuera los riñones así haga 7 grados ahí afuera. Una camiseta ajustada, escotada y cortita, con un push up debajo (¿es cómodo correr para coger el autobús si tienes las tetas debajo de la barbilla y se te salen por el escote en cuando das dos zanzadas?), zapatitos enanos con el pie comprimido, taconcito con el pie subido en zancos, los gemelos clamando justicia, los juanetes pidiendo clemencia… 
Vamos a por la cara: una cremita hidratante, una base de maquillaje, corrector de ojeras. Maquillaje, polvos, raya en los ojos, sombra de ojos, rimmel, perfilador labial, pintalabios. Tres kilos de mierda obstruyendo tus poros para dar la imagen de un rostro limpio. Tu rostro no está limpio ni bello sin toda esa mierda encima, NECESITAS comprar toda esa mierda, NECESITAS dedicar todo ese tiempo en ponerte encima esa mierda, y luego NECESITAS comparar toda la mierda desmaquilladora y exfoliante para sacarte toda esa mierda de la cara antes de irte a dormir. NECESITAS toda esa parafernalia para sentirte guapa, y además, NECESITAS sentirte guapa, porque ese es el objetivo principal cuando tienes 16 años porque eso es lo que llevas oyendo desde bebé “qué guapa es esta niña!”, y en la tele, y en la calle, y en los videos musicales, y en las revistas de moda para chicas, y en los baños del instituto. tal vez NECESITAS vomitar la comida para estar suficientemente delgada. tal vez NECESITAS hacer cosas que no quieres hacer para ser aceptada, aprobada, validada. Porque tal y como eres y estás, entérate, estás mal.




Elección. ¿quién mierda elige depilarse el cuerpo entero, desde los pies a las cejas, para luego llenarlo de potingues y cubrirlo con mierdas que te aprietan el culo, el ojete, la tripa, que te empujan las tetas hacia arriba, metiendo barriga, tensando los gemelos, embutiendo los pies? Lo elige la que no es consciente de que no está eligiendo en absoluto, porque si se puede elegir, elijo no someterme a toda esa mierda, y si lo hago, sé que lo hago sin poder elegir demasiado. Yo elijo depilarme sabiendo que si elijo no depilarme me señalarán por la calle. A ellos no. Pero todo lo demás elijo no elegirlo, porque quiero caminar con libertad, así que escojo deportivas, y quiero respirar, así que escojo no llevar la tripa apretada y metida hacia adentro, y quiero bajar a la compra sin que me preocupe tres mierdas si las cejas hace mucho que no me las repaso. Elijo llevar bragas porque no se me mete nada por el culo, y elijo llevar escote cuando hace calor y cuello vuelto cuando hace frío, falda corta en verano y pantalones abrigados en invierno.


Elijo no operarme las tetas, ni hacerme una liposucción, elijo que mis tetas sigan donde están después de un embarazo y casi un año de crianza dando pecho a mi hijo, y mi barriga siga donde está después de haber alojado a mi hijo durante nueve meses. Elijo no hacerme un lifting ni una lipoescultura, que mis patas de gallo atestigüen mis cuatro décadas y media de risas y llantos, de esfuerzo y de placeres. 


Elijo teñirme las canas solo cuando me apetezca ponerme a ello, elijo que cuando me miren vean en mi libertad de elección, huellas de vida, no un reclamo sexual, una cosa bonita porque se adecúa al modelo imperante y desfigurado de la mujer sin rostro (operada, maquillada, recién salida de la peluquería, igualada a todas las demás operadas, maquilladas y recién salidas de la peluquería).



Después de saber todo esto, de saber que no elegimos una mierda, entonces elegimos hasta donde transigimos con los mandatos y hasta donde no. Y si sabes que no eliges, entonces acepto que eliges ponerte hoy esos tacones, consciente de que eliges tan poco como yo cuando me depilo las cejas.

Y hermanas, yo no critico a las que entran en el juego inconscientes de hacerlo, ni a las que entramos en este punto o aquel del juego conscientes de hacerlo, critico el puto juego en sí, y a todos los que nos lo meten con calzador, como esos putos tacones de marca.  Critico el puto juego que nos hace sentir inadecuadas si no entramos en el juego, critico que lo llamen libertad cuando no es más que más de lo mismo.



Por favor, hablemos con nuestras niñas, antes de que lo haga la industria "de la belleza".  Démosles, de verdad, la oportunidad de "elegir" si quieren ser o no princesas, si quieren o no sucumbir a la dictadura del rosa, si quieren vivir el rosa como princesas, o como niñas divertidas, dejemos que de verdad puedan elegir cómo ser sus propias princesas y sus propias guerreras.









lunes, 15 de septiembre de 2014

EL SEXO HETEROSEXUAL EMPIEZA A SER UN ASCO


Mis amigas se rieron mucho cuando les conté que después de meses de sequía y algún que otro polvo nada memorable había por fin encontrado a un hombre que me equilibraba los chakras. Claro, era una forma muy simplificada de explicar cosas más complejas, y al leer hace un par de días un texto fundamental de Milagros Rivera, El Cuerpo Indispensable, sentí la necesidad de poner en claro a qué me refería.

El párrafo al que aludo es el siguiente: 

“Toda la vida me ha acompañado una sorpresa: oír decir, atribuirle a una mujer, que solamente se la amaba por su cuerpo. Como si esto fuera insatisfactorio, como si no significara apenas nada”.
Como si el cuerpo fuera poca cosa, cuando es tanto, en sí mismo como sustancia, o como significante para muchos significados, o como vehículo de comunicación, de puesta en relación, de expresión de mensajes. Tiene mucho que decir el cuerpo, y sin embargo el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado por el patriarcado para sus fines, y con ello mutilado real o metafóricamente, privado de sentido propio, de placer propio.

En el documental corto “El cuerpo de las mujeres” se alude a este uso que se hace en los medios del cuerpo femenino, un uso patriarcal, falocéntrico y capitalista del cuerpo de la mujer como reproductor de una cultura que marca unos estándares de belleza que nos transforman quirúrgicamente, mutilando nuestro rostro verdadero, el rostro de mujer que expresa su individualidad, convirtiéndolo en máscara sin personalidad. Y los cuerpos, recauchutados tras el bisturí, son cuerpos irreales que solo aluden al supuesto deseo masculino, deseo a su vez mediatizado por la pornografía, una industria al fin y al cabo y que sin embargo, industria y todo, coloniza lo cotidiano a base de moldear el deseo de los hombres alejándolo del sentir interno, en una maniobra aculturizadora basada en claves artificiales, misóginas y violentas.



Y ahí está el cuerpo de las mujeres, usado y abusado, y por tanto interpretamos dualmente -desde la óptica occidental tan dada a lo maniqueo- que o bien hay que (como mandato) atraer a los hombres sexualmente y de acuerdo a una sexualidad masculina importada desde el porno (y por tanto feminidad, belleza y lo sexy según el criterio/mandato dominante van en una unidad indivisible) o bien se interpreta que entrar en la sexualidad desde el cuerpo, y sólo del cuerpo implica ser convertidas en objetos sexuales, y por tanto desde cierta óptica emancipadora, esa clase de sexo no es deseable porque nos enajena, nos separa a las mujeres que somos, del cuerpo en el que vivimos y que es utilizado por otros.


Pero ¿es esa la única alternativa, la dualidad de la que no se puede escapar cuando se alude a la atracción sexual que produce el cuerpo femenino? (¿prestarse a ser objeto o negarse a ser solo cuerpo?)

En las culturas pre-patriarcales las cosas fueron muy distintas, el culto a la Diosa implicaba con frecuencia rituales sexuales y  las sacerdotisas no eran, como a veces se las nombra, prostitutas rituales, sino mujeres que comunicaban con la divinidad y con lo espiritual a través de la sexualidad. Entonces, la sexualidad (tanto la masculina como la femenina) aún no se habían separado de la espiritualidad, y los cuerpos eran sagrado vehículo de la divinidad.


El patriarcado, las religiones judeo-cristianas (y por extensión la musulmana), y la propiedad privada se encargaron de apropiarse de las mujeres y de sus cuerpos, nos desposeyeron de ellos y se encargaron de sustituir a la poderosa Diosa por la virgen María. De una Diosa como Ishtar, que daba vida y la quitaba, que tenía múltiples caras, que tomaba la iniciativa sexual, se pasó a una virgen santa, que no conocía el sexo, que no tenía defectos, que era unilateral, que era esposa del dios y madre del dios, pero nada en sí misma.

De las diosas vírgenes de la antigüedad, que tenían parejas sexuales pero no consorte (es decir, tenían una sexualidad rica pero se mantenían independientes y libres) se pasó a la virgen que nunca había tenido sexo, que permanecía “pura”, limpia, y para que la ausencia de sexualidad fuese blancura, había que convertir la sexualidad en algo sucio, perverso, impuro.

Aquel fue el primer alejamiento de la sexualidad de las mujeres como algo sagrado, después, con la llamada “liberación sexual” se nos devuelven el placer y la iniciativa, pero no necesariamente la dignidad de un deseo propio, conectado con lo que de verdad queremos y necesitamos, porque el capitalismo se encarga de ponernos de vuelta en el redil: al servicio del macho y del capitalismo, entonces, nos convertimos en propiedad, con el matrimonio y las relaciones monógamas, o en objeto de consumo, en las relaciones esporádicas, cada vez más impersonales. 

Y ahí somos objetos, no porque, como se suele decir, solamente nos quieran por nuestro cuerpo, sino porque ni siquiera nos quieren por nuestro cuerpo: usan la cáscara del cuerpo para darse autosatisfacción narcisista y para poner en práctica fantasías del porno, con los cuerpos como soporte y medio, pero nosotras no estamos allí, ni nuestros cuerpos, porque no se atiende a nuestro placer y si se atiende es como medio de demostración de la virilidad del macho. Habrá quien crea que exagero pero ¿quién no se ha encontrado con un tío empeñado en que nos corramos vaginalmente, menospreciando el placer derivado del clítoris, que elude la polla (no es necesaria) y que elude incluso a veces las manos del hombre? La mujer que sabe darse placer es enemiga del macho alfa, porque se satisface con o sin la polla y eso es peligroso.

Despersonalizados, en ese sexo banal, coital, descoporeizado en tanto a cuerpos que son parciales, que son fragmentos de cosas,  cosas disponibles y dispensables, es fácil encontrar hombres que no pueden empalmarse con el preservativo puesto, con la coerción subsiguiente, o que abusan de la mujer con prácticas no consensuadas, sorprendiéndose si la mujer se muestra iracunda o se niega  a continuar. Estrecha, inhibida, exagerada, histérica, son algunos de los apelativos que recibimos cuando nos negamos a realizar sus fantasías, incapaces de reconocernos el derecho a un deseo propio que puede no coincidir con el suyo.



La violencia sexual entonces no se restringe al abuso o la violación, se da también en relaciones iniciadas de mutuo acuerdo y que se vuelven violentas, basadas en una relación dominado-dominada, o sin consenso, con presión, con coerción o ignorando el deseo de la mujer. El porno y la prostitución ofrecen dos modelos de mujer como objeto sexual disponible, como una cosa que se puede obtener pagando, o haciendo click en un enlace de internet, algo que es cosa y no persona y que está al servicio del placer del macho, y por eso hay acoso callejero, manoseos en lugares públicos, agresiones sexuales y en el menos malo de los casos, sexo iniciado libremente por ambas partes y que se torna desagradable, invasivo, violento. No es extraño que muchas mujeres tengan tumores en el útero o endometriosis, algunas patologías pueden tener un componente psicosomático importante, convertimos la violencia de afuera en violencia del cuerpo. Muchas otras renuncian al sexo para ganar en paz mental, y es una elección solo parcialmente libre, porque es una elección que se toma estando casi entre la espada y la pared.


Y aquí finalizo, llegando a donde empecé: mi compañero sexual me abría los chakras no porque hiciese nada en especial, simplemente porque no entraba en el esquema del homo ponograficus y por tanto no me sentí ni agredida, ni necesitada de fijar un límite constantemente, ni usada como receptáculo de fantasías denigrantes, me sentí  cuerpo deseado, cuerpo dador y receptor de placer, cuerpo en conexión con otro cuerpo, cuerpo abierto a otro cuerpo. Y por mi parte, esa apertura me devolvió a mi cuerpo, que había estado cerrado a los cuerpos de aquellos que no lo respetaban, y la energía fluyó y pude sentirme de nuevo dueña de mi deseo y al otro, compañero en mi placer. Y viceversa.



De ahí a una sexualidad espiritual van miles de pasos, pero las relaciones así son un comienzo, y un regreso a la vez a una sexualidad, ahora sí, limpia. No porque el sexo sea sucio, sino porque es tan sucio hacernos sentir que no debemos sentir deseo, como hacernos creer que nuestro deseo es aquel que marcan la industria, el capitalismo, el patriarcado, y el macho lobotomizado por los mandatos falocéntricos.


Vuelvo a sentir dentro a las diosas vírgenes, vuelvo a sentir -sanada tras muchas violencias- la dignidad y la libertad de las diosas sin consorte, pero sexuadas. Y estoy segura de que si ellos recogen el guante y reelaboramos una sexualidad de verdad de a dos, entre dos cuerpos plenos (y el cuerpo incluye todo lo que lo hace cuerpo y no fragmentos de cosa) también se sentirán más elevados al Olimpo.