Los hombres (y su cultura) saben hacer épica de cada pedo que
se tiran, y sin embargo nosotras, que de tantas luchas hemos salido magulladas
pero enteras, y cada vez más fuertes, parecemos lamentarnos cuando relatamos
las violencias recibidas.
Ha de cambiar la visión que convierte en héroe a cualquier
portador de pene haga lo que haga (marcar un gol, ganar dinero, follar mucho,
cambiar un jodido pañal) y que de nosotras hace mártires. Nosotras que parimos,
criamos, hacemos malabares para conciliar, para llegar a fin de mes, seguir
formándonos, seguir siendo personas lo más completas posibles, curando heridas
propias y ajenas. Sobreviviendo a violaciones y golpes, lamiendo el odio a la
par que las llagas, dignificándonos a cada paso.
Dime, ahora que me lees ¿es mi reflexión un novelón de drama
queen o es verdadera épica de género ninguneada desde el falocentrismo de las
miradas que valoran el pedo del macho y menosprecial el parto de la hembra?
No tenemos que cambiar nosotras, ni nuestro relato, ni
nuestro modo de contar. Tiene que cambiar la mirada, graduar la vista del que
observa y juzga desde su sesgo enfermo y enfermante.



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