Resulta difícil escribir algo
nuevo sobre el caso de la joven violada en grupo durante la feria, tanto se ha
dicho y tan poco se ha escuchado. Nosotras si, escuchamos, pero el resto del
mundo se muestra indiferente, despreciativo, ante la violación y posterior
archivo del caso, porque ya está demasiado extendida la idea (el virus machista)
de las denuncias falsas como para darle importancia al tema. Al fin y al cabo
en ciertos lugares del mundo sucede a cada rato (la violación en grupo es casi
una tradición en la india, y el mundo no hace nada al respecto) y las mujeres
no hacen tanta alharaca… si es que cómo somos las feministas blancas
occidentales, unas exageradas histéricas etnocéntricas.
Podría escribir sobre la
cultura
de la violación, sobre la cultura del porno, sobre la banalización del sexo,
sobre la sexualidad coitocentrada (y falocéntrica, por supuesto), sobre la
mercantilización de los cuerpos, sobre la deshumanización de las relaciones,
podría escribir cifras, datos, citas, podría reproducir la teoría feminista al
respecto, podría aludir a los comentario sexistas de ciertos alcaldes y demás
calaña política, pero
para qué, para qué si no escuchan.
Así que me hablaré a mí misma y a
vosotras (y a los dos o tres que por ahí quedéis con conciencia y alma) desde
lo que vivo y viví, aunque solo sea porque necesito nombrar y escucharme,
porque necesito sentir que al menos entre nosotras nos escuchamos.
Mi primera agresión sexual fue
leve, solo un roce inapropiado a mis pechos de niña de doce años, por parte de
un fontanero cuarentón. Nada de qué alarmarse, al fin y al cabo yo no tenía
referentes para saber que aquello no era correcto, nadie me había hablado del
derecho a no ser tocada sin mi consentimiento, una niña de doce años no recibía
esa información en los años ochenta, no sé si la reciben ahora, me temo que no,
a juzgar por lo que veo a diario en el colegio y en el parque. Unas niñas del
colegio de mi hijo fueron castigadas por dar dos bofetones a un niño que las
besaba sin que quisieran, y después del castigo del cole recibieron el castigo
de sus madres. No me costó hacerlas entender que era sano que ellas ejercieran
su derecho a la autodefensa, a poner sus límites, a decidir sobre el acceso a
su propio cuerpo por parte de otras personas; las mamás entendieron, pero
necesité un rato de charla en el banco del parque y la manifestación por su
parte de una revelación súbita (“¡tienes razón! Ellas tienen derecho! Si no lo
aprenden ahora ¿qué pasará cuando sean adolescentes?”) me mostró lo alejadas
que están muchas mujeres adultas de su propio derecho y del de sus hijas, y es
tremendo que así sea. Anoche mi amiga de cuarenta y tantos se lamentaba de su
desconfianza y
resentimiento (estas son las palabras que ella usó) porque un
hombre al que recién había conocido le dio un pellizquito en el muslo delante
de su pareja, y ella se apartó como con un resorte. “¿Qué te pasa, mujer? Solo
es un cariño”. Y ella se culpaba por no ser más “abierta”, por ser tan “tensa”
y yo le pregunté cuántas veces ella le
había hecho un cariño así a un hombre, un pellizquito de nada, sin que nada lo
solicitase. Allí cayó en la cuenta: no somos “tensas”, no somos “cerradas”,
simplemente no hay porqué aguantar toqueteos no deseados de cualquier tipo que
alargue la mano. Nosotras no lo hacemos, nosotras no lo queremos, nosotras nos
apartamos en nuestro derecho a hacerlo. Simple.
Simple, pero no. Porque nos
siguen toqueteando y no pasa nada, porque si nos apartamos o les mandamos a la
mierda es que somos unas histéricas o estamos ovulando.
Mi segunda agresión sexual fue
por parte de un compañero de piso y de trabajo, me desperté con él encima de mí,
en mi cama, intentando metérmela mientras dormía. Pesaba demasiado el pedazo de
mierder como para conseguirlo sin despertarme así que no logró su objetivo
porque le solté dos hostias y monté un escándalo que despertó al compañero de
al lado. Aun así, el cerdito machote durante semanas me acosó en el trabajo y
tuve que dejarlo, el trabajo y la casa a la vez, quedándome de pronto sin techo
y sin medio de vida, porque un tipo había decidido que el roce hace el cariño y
que compartir horas equivalía a compartir cama, así sin más. Y si, dejé el
trabajo porque cuando pedí ayuda un compañero me respondió que un hombre nunca
viola a una mujer, que es imposible penetrarla sin consentimiento, que nosotras
sabemos cómo “cerrar el paso”. Alucina, toma pandilla de cromañones… Y dejé el
trabajo porque mi inmediata superior consideró que no había pruebas para tomar
acciones contra él (yo no buscaba represalias, solo protección, me hubiera
bastado con que nos cambiaran de sección) así que a la puta calle, en todos los
sentidos. Y de ahí la cuesta abajo durante un tiempo, y luego la remontada, y
ahora venga, las heridas se curaron pero ahí quedan las cicatrices, de
recordatorio perpetuo. ¿Resentida? No: agredida y superviviente. A ver qué
haces ahora con eso, rica, con tu pan te lo comas, que al resto del mundo le
importa tres cojones tu herida y las de todas las demás.
Una amiga me culpó a mí de la
agresión, por vivir con un hombre desconocido. Vivir con un compañero de
trabajo supone una provocación sexual, según parece.
Ellos viajan solos, hacen
coach surfing, usan blablá car, comparten piso y nadie les acusa de ir buscando
guerra y agresiones por guarros y poco precavidos. Pero no te quejes, mujer,
que entonces te llaman resentida. Se amable, sonríe que la vida son dos días y
aquí estamos para disfrutar, relájate mi amor.
Anoche salí un rato con un tipo,
le conocí charlando en el paseo marítimo, nos dimos los teléfonos y ayer me
llamó para una cervecita. Todo bien. Caminando me toma la mano, la retiro,
insiste, la retiro, insiste. ¿Qué coño pasa? No es no. Ya está. Así que le dejo
y me voy con mis amigas y llevo recibidos cuatro sms y dos llamadas en las
últimas doce horas, solicitándome. ¿Qué siento? Acojone. Siento que haga lo que
haga la cagaré, que si me muestro honesta y tranquila tomará mi calma como
docilidad y seguirá dando la brasa, que si me pongo borde se envalentonará y
tendré las de perder, que si le ignoro se frustrará y redoblará su insistencia.
Impotencia. Solo me tomó la mano, y ya me agobio. Porque ya me ha sucedido
antes, es solo un roce en las tetitas, es solo un pellizquito, es solo una
polla intentando abrirse paso entre tus piernas mientras duermes. Miedo.

Volver de cañas con las amigas y
encontrarte a un menda meneándosela en la calle entre dos coches mientras te
mira, y ni un alma en la calle. Elegir la ruta más transitada aunque tengas que
caminar el triple. Gastarte un pastón en taxis para que te dejen en la puerta
de casa aunque te apetezca caminar a la fresca, que la noche está bonita.
Decirle a un tío que no te gusta el sexo anal y que te llame inhibida, follar
tan campante y que te llamen puta. Pedirle a tu amigo que pare porque no te
gusta y que el tipo te llame calientapollas, y pretenda seguir. Y volver a
pedírselo y que siga, y su mirada dice “estoy en mi derecho porque te lo has
buscado” y sus palabras dicen “no me jodas ahora, tia, acabaré lo que empezamos
así que no te pongas tontita” y duele y estás sola y tienes dos opciones,
resistirte, y que duela más (porque el tío te saca una cabeza y dos anchos y
pesa el doble que tú) o cerrar los ojos y contar estrellas y volver a casa sin
llorar siquiera porque te dices a ti misma que no ha pasado. Y no le cuentas a
nadie y lo olvidas, y diez años después por algún resorte de la mente lo
recuerdas, y le cuentas a tu pareja y por fin lo nombras: violación. Pero la
ley no lo considera así, incluso con un video y desgarros vaginales y anales
los dejaron marchar y los jalearon y aplaudieron y ella cómo estará, qué
sentirá, cómo volverá a mirar a los ojos de un hombre si la sociedad en pleno
convierte a los machos de mierda en lobos feroces porque nos dejan indefensas y
humilladas, y solas.
Leo en internet: “Se os va la
olla, una violación es con violencia, no acabar una relación iniciada por ambas
partes y entre adultos” y alucino. Creen que tienen derecho a acabar lo que se
empieza, tienen carta blanca, no importa lo que nosotras queramos. Y hasta los
más buenos se ausentan del debate: muros de mujeres llenos de indignación y
dolor, posteos a cientos en Facebook, todos de mujeres, ¿Dónde están los
hombres apelando a otros hombres, dándose como referentes, clamando “no, no
somos así, no aceptamos esto, renuncio a mis privilegios y me incluyo entre el
género agresor y me desmarco de él y os digo a la cara lo cerdos que sois y a
vosotras os decimos que estamos a vuestro lado”. No dicen nada. Hablad,
compañeros (si es que lo sois) porque a nosotras no nos escuchan, ¿por qué no
habláis vosotros? ¿Por qué no?
Y mientras tanto, mujeres son
vendidas en mercados, niñas raptadas por barbudos alucinados, mujeres y niñas
prostituidas contra su voluntad, cuarenta y dos mujeres asesinadas en lo que va
de año, solo en España, si no me fallan las cuentas, cuántas más en todo el
mundo, cuántas violadas y repudiadas, cuantas cometiendo suicidio después de
haber sido abusadas, cuantas niñas que cuando se defienden de una agresión son
castigadas, cuantas golpeadas que no se marchan porque no tienen donde ir ni
quien las ampare, juzgadas por tontas por una sociedad que las
arrincona junto al agresor.
Nos hemos vuelto locos, es una
sociedad demente, enferma de machismo, enajenada.
La religión volvió sucio el cuerpo
y el goce, los sesenta nos devolvieron la libertad
sexual (¡a follar, a follar, que el mundo se va a acabar! Hoy te la como y
mañana, si te he visto, no me acuerdo, qué modernos somos) y hoy, siglo XXI, no
hay coches que vuelan ni viajes al espacio, la postmodernidad nos trajo
internet y badoo y la píldora y el quiqui
casual y el mercado de los cuerpos, y la violencia machista ensucia de
nuevo el sexo en un espejismo de libertad y folleteo, cómo mola.
Sueño con otra realidad más
limpia, menos enferma. Y si la justicia actuase… Y si los hombres hablaran… Y
si las mujeres dejasen de castigar a otras mujeres por su aspecto, su conducta,
sus palabras… Y si supiésemos como actuar sin sentir miedo ni culpa… Y si las
almas volvieran a su lugar, dentro del cuerpo, y las corduras a su sitio, en
las cabezas, en las legislaciones, en el sentido común, en la cultura… Y si…
… Y si las mujeres fuésemos por
fin cuerpos (con todo su derecho pleno) y no cosas. Cosas violables.
La humanidad de las mujeres,
secuestrada. Solo nos queda seguir tomándonos de la mano, abrazarnos unas a
otras, cerrar los ojos, respirar, y seguir transformando.
Adelante, hermanas, adelante, no
nos queda otra. Adelante.